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Como ya comentamos en su día, la fecha clave del fin de ETA, que fue el fin de 50 de años de violencia y dolor, fue el 20 de octubre de 2011. En torno a esta fecha, este año, se han escrito algunos artículos de opinión que consideramos que pueden ser del interés de nuestr@s seguidores. Por lo tanto, os los dejamos aquí para que los podáis leer con detenimiento.

«Las paradojas del final» de Jesús Herrero Arranz, publicado en la revista Galde (septiembre, 2018). Un fino análisis de la escenificación utilizada por ETA, del papel de los autodenominados «facilitadores«, de la evolución del lenguaje de la izquierda abertzale, el camino que aún queda por recorrer, etc. para terminar con una mirada crítica sobre las interpretaciones que se están realizando sobre la aportación de Gesto por la Paz.

Algunos análisis actuales intentar reducir únicamente a Gesto por la Paz al plano de la ética, obviando sus aportaciones a la política pre-partidista, para diferenciarlo de otras organizaciones con otras aproximaciones ante el problema de la violencia. Estas y otras muchas cuestiones son las que tienen que ser analizadas con rigurosidad para construir y reivindicar la memoria de lo que nunca debió comenzar.

«Anomalías» de Fabián Laespada Martínez, publicado en El Correo (19 de octubre de 2018). Aborda lo que considera que es importante para avanzar: el reconocimiento de los errores cometidos como lo han hecho los pres@s de la llamada ‘Vía Nanclares‘. Y, en relación a la manifestación convocada por Sare, denuncia la doble moral que se tiene al juzgar unos delitos y otros, la exigencia de puesta en libertad a los pres@s y nula exigencia a estos sobre una revisión crítica de su pasado…

La cuestión es que convocan la enésima manifestación en favor de las presas y presos asesinos. La gente que piensa acudir ¿no tiene ninguna exigencia hacia los reclusos? ¿No les pueden sugerir que para cerrar heridas lo ideal es empezar a recorrer un itinerario de convivencia que supone pedir perdón por las atrocidades cometidas, intentar reparar, en alguna medida siquiera, los daños infligidos y contribuir en el esclarecimiento de los delitos no resueltos?

«Mientras alguien las recuerde, estarán entre nosotr@s» de Isabel Urkijo Azkarate, publicado en El Correo (20 de octubre de 2018). A partir de la finalización del ciclo de violencia y dolor que durante 50 años protagonizó la vida social y politica vasca, señala lo que queda avanzar en la reconstrucción de la convivencia. Antes de nada, tener muy presentes los errores que cometió toda la sociedad con las víctimas del terrorismo y de la violencia.

…aportar aquello que esté en nuestras manos para mitigar el dolor que aún perdura en las víctimas. Y lo hacemos, desde el convencimiento de que tenemos una deuda pendiente, una responsabilidad hacia ellas porque las víctimas fueron quienes recibieron la bala que la violencia y el terrorismo disparaban contra toda la sociedad a la que pretendían someter. No lo entendimos así. Incluso, les dimos la espalda y, de esta manera, las volvimos a victimizar. Esto, como sociedad, no lo podemos olvidar porque corremos el riesgo de volver a repetir las mismas ignominias. Es más, debemos tenerlo muy presente para desarrollar una ética social más sana que nos convierta a cada persona en seres resistentes al miedo y a los prejuicios, en defensores de la justicia y en convencidos practicantes de la empatía y la solidaridad. Solo si aprendemos de nuestros errores, podremos salvar la indignidad que la sociedad, salvo honrosas excepciones, manifestó con las víctimas del terrorismo y de la violencia.

Es posible que os hayáis sentido identificados con las palabras de Jesús Herrero Arranz, Fabián Laespada Martínez e Isabel Urkijo Azkarate. Si es así o si por el contrario discrepais, podéis dejar vuestros comentarios en el blog para compartirlos con el resto de seguidores. Muchas gracias.

Hoy hace 32 años que el miembro de ETA, Antton López Ruiz, alias Kubati, asesinó en una plaza de Ordizia a Dolores González Katarain, Yoyes, ex miembro de la organización terrorista que optó por abandonarla. Como se puede ver en la imágen, esta es la interpretación que ETA y sus seguidores hicieron de aquella decisión.
En 1996, en plena época de secuestros y con un importante acoso a todas aquellas personas que cuestionaran a ETA, se cumplía el décimo aniversario del asesinato de Yoyes y su familia y amig@s le rindieron un homenaje en Ordizia. Además de aquel acto público, editaron el libro «Yoyes, 1986-1996» en el que se recogían escritos de diversas personas; unas cercanas a la víctima, otras simplemente comprometidas con la libertad y la paz en Euskal Herria.
Más tarde, con el libro de su vida en las manos, supe también que hay memorias que se aprenden. Yo leía como si anduviera con un vaso rebosante de cuyo contenido no debía derramarse ni una gota. Su voz escrita se convertía, a veces, en el mar oído desde lejos, grave, serio y profundo, mientras que, en otras ocasiones, el agua salada sonaba enérgica, ágil e indómita, como si me hubiera acercado a una orilla de acantilados.







Hoy, un año más, en un precioso enclave de la profunda Gipuzkoa, en Burnikurutzeta, se ha iniciado el sencillo y muy sentido acto en memoria de Juan Mari Jauregi, político socialista asesinado por ETA el 29 de julio de 2000 en Tolosa.

Ayer, como cada 19 d junio de los últimos nueve años, la familia Puelles nos invitó a pasar un rato en la calle, allá donde asesinaron a Eduardo, su hermano, su hijo, su aita, su amigo…
para que el tiempo no lo engulla y lo convierta en algo trivial, propio de viejos que rememoran historietas y batallas que nunca ganaron. No. La idea es pensar que aunque algunos de los presentes, como yo, no conociésemos a Eduardo, sí reconocemos, sin embargo, que aquello que le hicieron fue una injusticia, un asesinato y que nada, absolutamente nada, puede explicar o comprender esa sangre derramada.




Ayer, 3 de febrero, comenzamos nuestro recorrido en la calle Labegeríe Mitxel del casco viejo bilbaíno donde ETA asesinó el 3 de junio de 1980 a Tomás Sullibarria con un disparo en la nuca. Tomás había sido miembro de la organización terrorista. Su abogado, Juan Luis Ibarra Robles, aseguró en una carta publicada en EGIN que era falso que su cliente estuviera a sueldo de los servicios de información de la policía, tal y como dijo la banda terrorista.
La segunda parada del recorrido fue en el Arenal donde ETA asesinó a Enrique Aresti el 25 de marzo de 1980 cuando entraba en las oficinas de la empresa donde trabajaba. Tenía 62 años y era padre de cinco chicos y chicas.


En diciembre del año 2000, la coordinadora Gesto por la Paz organizó por primera vez en la calle un acto específico de solidaridad y memoria hacia las víctimas de la violencia con finalidad política. Por entonces, era poco frecuente ensalzar la memoria, buscar el reconocimiento y pedir reparación para las víctimas de la violencia, especialmente para las asesinadas por ETA, que ya para entonces era quien mataba en exclusiva. De hecho, los nombres de las personas muertas, sus vidas, sus viudas y sus feudos pasaban desapercibidos para casi la totalidad de la sociedad vasca. También para el resto de España, dicho sea de paso, sin ánimo alguno de polemizar, pero atestiguado por muchas de ellas. En aquel acto, próximo a las navidades, declaramos la necesidad de activar tanto la figura de la memoria con el objeto de realizar el necesario desagravio hacia ellas, como el reconocimiento de su sufrimiento, absolutamente injusto. Reclamábamos como tarea cívica el hecho de recoger los testimonios de las personas que se quedaban aquí, entre nosotros, solas y con la muerte social a cuestas.
Era imprescindible abandonar los anonimatos de hombres y mujeres, niños, padres, madres… que ellas y ellos empezasen a relatar y nosotros a oír todo aquello que resultaba duro de asumir: estaban solas y la desmemoria, la indiferencia, el miedo o la desdeñosa justificación del resto de la sociedad, los expulsaba por segunda vez del “paraíso” civil. Nuestra memoria colectiva estaba incompleta, huérfana de palabras y lágrimas de esas personas que sufrieron lo indecible, siendo ellas las que se llevaron la peor parte de un ataque contra casi todos. Había una grieta entre su dolor y nuestra indolencia.

Vuelvo al principio: cuando en diciembre de 2000 Gesto por la Paz organizó aquel primer acto en solidaridad por las víctimas, se entregó a cada asistente un pensamiento, una flor, con un lema: inoiz gehiagorik ez, nunca más; pretendía ser una evocación a la memoria, un compromiso con ella, esa que enseña a no olvidar, porque si lo hacemos, si nuestros hijos e hijas ya no saben qué ocurrió aquí, puede que no perciban el olor de la justificación de la violencia en los suyos dentro de unos años. Lo acaban de decir los jóvenes que asistieron a los relatos de las víctimas en las aulas: “No sabíamos del dolor de tanta gente”. Pues eso. Memoria como antídoto de repetición de errores. Memoria, en consecuencia, como responsabilidad hacia quienes más sufrieron –y sufren- y hacia el porvenir.