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El Correo. 1992/02/01
Durante 25 años, Gesto por la Paz recorrió las calles de Bilbao para celebrar en torno al 30 de enero, su manifestación por la paz en la que concentraba la parte más sustancial de su mensaje. Invitaba a toda la ciudadanía y, como se puede ver en esta fotografía de 1992, algunos años, la asistencia fue más que digna. La respuesta silenciosa y pacifica y sistemática a la violencia empezaba a calar en la sociedad vasca.
Por desgracia, estas llamadas pacifistas fueron perdiendo fuerza. Quizás el hartazgo de tantos años pidiendo la paz, saturó a la gente.

El Correo, 2008/02/09
Quizás fueron otros factores sociales y políticos los que hicieron cambiar de parecer a la población vasca, pero el caso es que, como se puede ver en la fotografía de la manifestación de Gesto por la Paz de 2008, ya las convocatorias de la organización pacifista ya no conseguían atraer a tanta gente.
[El cambio que se aprecia en estas dos imágenes también se analizará en el documental que Gogoan, por una memoria digna está preparando sobre la «reacción de la sociedad vasca ante la violencia».]
Para todas las personas que pertenecimos a Gesto por la Paz, el 30 de enero no es un día cualquiera. Por esta razón, desde que la organización se despidiera de la sociedad, algunos de sus miembros nos citamos todos los años en torno a esta fecha en Bilbao.
Cada año es un formato diferente, pero todos los años tiene el mismo objetivo: recordar a las víctimas de la violencia.
Ayer, 3 de febrero, comenzamos nuestro recorrido en la calle Labegeríe Mitxel del casco viejo bilbaíno donde ETA asesinó el 3 de junio de 1980 a Tomás Sullibarria con un disparo en la nuca. Tomás había sido miembro de la organización terrorista. Su abogado, Juan Luis Ibarra Robles, aseguró en una carta publicada en EGIN que era falso que su cliente estuviera a sueldo de los servicios de información de la policía, tal y como dijo la banda terrorista.
La segunda parada del recorrido fue en el Arenal donde ETA asesinó a Enrique Aresti el 25 de marzo de 1980 cuando entraba en las oficinas de la empresa donde trabajaba. Tenía 62 años y era padre de cinco chicos y chicas.
La tercera parada fue en la calle Navarra donde ETA asesinó a Ramón Coto, un jubilado de 71 años cuando se encontraba en el estanco de José Luis Ramos. Dos miembros de ETA le dispararon el 19 de septiembre de 1980 y murió dos días más tarde. El propietario del estanco había sido amenazado por la banda terrorista e, incluso, había sufrido algunos atentados. Ramón Coto solía hacer recados para José Luis Ramos.
La última parada del recorrido fue ante el BBV, en el mismo lugar donde se realizó el primer gesto y el acto de despedida de Gesto por la Paz. Allí recordamos a las víctimas del atentado de ETA contra esta entidad bancaria: Aníbal Izquierdo, Ramón García y Benicio Alonso.

Nos cruzamos con la clásica globada organizada por el Colegio de Escolapios de Bilbao.

Globada Colegio Escolapios Bilbao
Fue estupendo compartir un día con los compañeros y compañeras de Gesto por la Paz y es de agradecer de manera especial a quienes se acercaron desde Vitoria-Gasteiz, Donostia y Andoain. Las 30 personas que hicimos el recorrido terminamos la jornada con una agradable comida y una mejor sobremesa.
En diciembre del año 2000, la coordinadora Gesto por la Paz organizó por primera vez en la calle un acto específico de solidaridad y memoria hacia las víctimas de la violencia con finalidad política. Por entonces, era poco frecuente ensalzar la memoria, buscar el reconocimiento y pedir reparación para las víctimas de la violencia, especialmente para las asesinadas por ETA, que ya para entonces era quien mataba en exclusiva. De hecho, los nombres de las personas muertas, sus vidas, sus viudas y sus feudos pasaban desapercibidos para casi la totalidad de la sociedad vasca. También para el resto de España, dicho sea de paso, sin ánimo alguno de polemizar, pero atestiguado por muchas de ellas. En aquel acto, próximo a las navidades, declaramos la necesidad de activar tanto la figura de la memoria con el objeto de realizar el necesario desagravio hacia ellas, como el reconocimiento de su sufrimiento, absolutamente injusto. Reclamábamos como tarea cívica el hecho de recoger los testimonios de las personas que se quedaban aquí, entre nosotros, solas y con la muerte social a cuestas.
Era imprescindible abandonar los anonimatos de hombres y mujeres, niños, padres, madres… que ellas y ellos empezasen a relatar y nosotros a oír todo aquello que resultaba duro de asumir: estaban solas y la desmemoria, la indiferencia, el miedo o la desdeñosa justificación del resto de la sociedad, los expulsaba por segunda vez del “paraíso” civil. Nuestra memoria colectiva estaba incompleta, huérfana de palabras y lágrimas de esas personas que sufrieron lo indecible, siendo ellas las que se llevaron la peor parte de un ataque contra casi todos. Había una grieta entre su dolor y nuestra indolencia.

Vuelvo al principio: cuando en diciembre de 2000 Gesto por la Paz organizó aquel primer acto en solidaridad por las víctimas, se entregó a cada asistente un pensamiento, una flor, con un lema: inoiz gehiagorik ez, nunca más; pretendía ser una evocación a la memoria, un compromiso con ella, esa que enseña a no olvidar, porque si lo hacemos, si nuestros hijos e hijas ya no saben qué ocurrió aquí, puede que no perciban el olor de la justificación de la violencia en los suyos dentro de unos años. Lo acaban de decir los jóvenes que asistieron a los relatos de las víctimas en las aulas: “No sabíamos del dolor de tanta gente”. Pues eso. Memoria como antídoto de repetición de errores. Memoria, en consecuencia, como responsabilidad hacia quienes más sufrieron –y sufren- y hacia el porvenir.
Recuerdo
El 19 de junio de 2009, ETA asesinó en Arrigorriaga a Eduardo Puelles, inspector del Cuerpo Nacional de Policía. Este fue el último atentado de ETA en el País Vasco.




José Antonio Pérez Pérez, historiador del Instituto Valentín de Foronda, ofrece este relato sobre el impacto que causó en su vida el asesinato de José María Ryan Murua el 7 de febrero de 1981.