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Antonio Duplá. Catedrático de Historia Antigua de la UPV/EHIU
Miembro de Gogoan. Por una memoria digna.
El pasado martes 21 de julio se inauguraba en el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo en Vitoria-Gasteiz la exposición “Narrar la herida. Las víctimas de ETA y la literatura”. La exposición, comisariada por Roncesvalles Labiano, profesora de la Universidad de Navarra y autora de una tesis doctoral sobre el tema, permanecerá abierta hasta el próximo 1 de noviembre. «A menudo, imaginar ha sido la única opción que he tenido para intentar comprender». Esta frase, reproducida en los carteles de la muestra, es la última de la “Nota previa” que abre la novela El comensal (2015) de Gabriela Ybarra y, en cierta manera, sintetiza el hilo conductor de la exposición.

A través de paneles, vitrinas y vídeos con imágenes, libros, noticias periodísticas, notas de trabajo y otros objetos personales, se analiza la presencia de ETA en la literatura vasca, con particular protagonismo de cuatro autores: Raúl Guerra Garrido, Fernando Aramburu, Luisa Etxenike e Irati Goikoetxea, estos tres últimos presentes en el acto de inauguración. Una pared de la sala esta ocupada por una selección de 100 obras de ficción sobre el tema, de un total de casi doscientas, según la comisaria de la exposición. La relación se extiende desde Ehun metro de Ramón Saizarbitoria (1976) hasta este año.
En el terreno de la literatura en relación con su tratamiento del tema ETA y el terrorismo se ha producido un fenómeno paralelo al estudiado en el ámbito cinematográfico. En las primeras décadas el protagonismo corresponde a los activistas terroristas, en un momento dado también militantes desencantados y/o desengañados, mientras las víctimas están ausentes. Hay que esperar a nuestro siglo para encontrar la voz de las víctimas recogida en la producción literaria. Si en este terreno la novela Patria constituye un auténtico fenómeno de masas, con ventas millonarias, traducida a 35 idiomas y también convertida en novela gráfica, resulta importante destacar, como se hace en la exposición, la figura de Raúl Guerra Garrido, él mismo víctima del terrorismo, como auténtico pionero de ese dar voz a las víctimas del terrorismo que tanto ha tardado. Guerra Garrido, cuya farmacia donostiarra fue atacada varias veces, recibió el premio Nadal en 1976 por su novela Lectura insólita de El Capital, una de las primeras obras de ficción en tratar el tema del terrorismo vasco. En otro orden de cosas, en su intervención en la inauguración, Irati Goikoetxea, tras mencionar a Ramón Saizarbitoria, Lurdes Oñederra e Imanol como referentes para ella, habló de la importancia de llegar en euskera a sectores en principio reacios a acercarse a estos temas, extremo que me parece importante reseñar.

Paneles dedicados a la literatura del posterrorismo, el compromiso y la resistencia desde el mundo de las letras, con especial referencia a la tristemente desaparecida librería Lagun, y las adaptaciones cinematográficas de algunas de las obras literarias presentes en la muestra cierran la exposición.
De nuevo, merece la pena la visita.


A menudo me pregunto quién sería la persona que prendió la antorcha en aquel pequeño fuego de Bilbao y la llevó a la plaza del Cardenal Orbe de Ermua, por ejemplo -donde comenzó mi recorrido de lucha por la paz un par de años después de aquel primer gesto-, o a Vitoria-Gasteiz, ¿quiénes serían los que hicieron las pancartas y las abrieron en cada uno de los lugares donde se hacía una concentración silenciosa?




