Maite Leanizbarrutia Biritxinaga. Miembro de Gogoan – Por una memoria digna
Publicado en la revista GALDE
Cuando cojo el autobús o tengo cerca a niños o adolescentes intento no ir mirando al móvil, me esfuerzo en subir la cabeza y la mirada. No quiero que continuamente nos vean con la cabeza agachada, sin mirarles a los ojos, sin transmitirles nada. Es un pequeño gesto con la confianza de que algún día firmemos un contrato social que nos ayude liberarnos del yugo de las pantallas.
Además de este enganche, la gente joven está atada a múltiples actividades y socializada en el individualismo. No sé si alguien les habrá invitado alguna vez a cambiar el mundo; da la impresión de que no van a tener iniciativa ni tiempo para nada. Es como si hubiera un interés en que la juventud esté a lo suyo y sometida a las nuevas tecnologías.
A nosotros, en cambio, nos tocó vivir una época en la que estábamos instalados en lo colectivo y tras dejar atrás una dictadura, estaba todo por hacer. Continuamente nos recordaban que teníamos que transformar la realidad, y además teníamos tiempo, porque salíamos de la escuela y después de hacer los deberes, las tardes y los fines de semana quedaban libres para intentar cambiar el mundo.

La sociedad ha cambiado tanto que actualmente sería difícil que surgiera una plataforma con las peculiaridades de Gesto por la Paz. Para ser sincera, yo nunca me habría imaginado a mí misma transformando mi sociedad en dicha asociación. Tampoco mis padres lo habrían imaginado, aunque fueron ellos los que me pusieron en camino; suyo fue el primer impulso. Ellos me inculcaron el “no matarás” y nunca legitimaron la violencia -ni la de ETA ni la de nadie- y además se tomaron la molestia de transmitirme esos valores explícitamente.
Seguramente la mayoría de los padres compartirían aquellos valores, pero quizás no todos hicieron lo que hizo mi padre, que se molestó en humanizar a personas que eran objetivo de ETA. Recuerdo que en una ocasión me dijo que entre los guardias civiles habría personas buenas y no tan buenas, pero que de ninguna manera merecían ser asesinados, que aquello estaba mal. Eso que suena tan obvio fue para mí, que entonces tendría unos 12 años, todo un tratado de deslegitimación de la violencia de ETA. En unos años en los que las calles eran un hervidero de pintadas, manifestaciones y actos vandálicos que denunciaban la represión del estado y aplaudían y legitimaban la violencia de ETA, aquello que me dijo mi padre era una rareza. Ese fue el primer cuestionamiento del terrorismo de ETA que escucharon mis oídos de boca de una de las personas que más me quería, y se lo agradeceré eternamente. Lo hizo para protegerme, porque no quería que yo sucumbiera a la violencia, y aunque él no fuera consciente de ello, también estaba defendiendo unos valores universales.
Recuerdo también una conversación que tuvo mi madre con una amiga en la cocina de nuestra casa. Aquella mujer acudió a mi madre porque estaba muy preocupada ya que temía que su hijo se radicalizara. Le rondaba una de esas personas que se dedicaban a captar a jóvenes para la izquierda abertzale, y su madre temía que pudiera acabar ejerciendo la violencia callejera o incluso militando en ETA. Al hablar en mi presencia creo que ambas tenían una intención pedagógica, ya que no querían para sus hijos un futuro de violencia. Aquello también me ayudó a ir tomando conciencia de la perversión de la misma.

Hoy ya no existe ETA, pero la tentación de la violencia persiste, sobre todo para los jóvenes, y hay gente sin escrúpulos que les incita a usarla, tanto en el entorno social que apoyaba a ETA como en otros ámbitos, y me consta que los padres y madres de hoy tampoco desean un futuro violento para sus hijos. Al contrario, desean que sus hijos se formen, consigan un buen trabajo y encuentren la felicidad, y todo eso se complica si se opta por el camino de la brutalidad. Pero cuando esta vía parece ser una opción válida para muchos jóvenes, tal vez el mensaje que se les está transmitiendo no es el correcto.
¿Qué les cuentan los padres y las madres a sus hijos en relación a la violencia? ¿Hablan de ello? ¿Hay una apuesta seria por deslegitimarla en los centros de enseñanza, en los clubes deportivos o en otro tipo de asociaciones, o se sigue banalizando su uso? ¿Somos conscientes de que la violencia no lleva a ninguna parte, que puede tener consecuencias fatales e irreversibles, que lo único que hace es corromper las causas que se pretenden defender con ella y envilecer a quien la ejerce? ¿No hemos aprendido nada de nuestro pasado reciente y del anterior?
Nuestra militancia en Gesto por la Paz nos hizo tomar conciencia de la gravedad del uso de la violencia, tanto para quien la sufre como para quien la practica y para la sociedad en general, y dejamos un legado y unas herramientas que nos pueden ayudar a prevenir el uso de la misma.
Y es que la Coordinadora Gesto por la Paz fue un gran acierto, pero dar el paso para participar en ella no fue fácil, al menos para mí, ya que suponía significarme en mi entorno y renunciar a pasar desapercibida. Al principio todo eran miedos y prejuicios, y en mi fuero interno incluso deseaba que Gesto no fuera lo que era, así yo habría tenido la excusa perfecta para no tener que unirme a aquellas concentraciones. Aquel desnudo integral, aquel salto al vacío, aquel ejercicio de hacer frente al control social que suponía acudir a un gesto era algo que me provocaba una fuerte dosis de bochorno y tensión. Pero habían asesinado a un ser humano, también en mi nombre, y aquello no estaba bien: era éticamente inaceptable y yo tenía que estar allí. Y pronto tuve la certeza de que estaba donde tenía que estar.
Y casi sin darnos cuenta, comenzamos a hacer camino. Tomamos la antigua calzada de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y la fuimos adaptando a nuestra realidad: hacíamos las concentraciones silenciosas para condenar los asesinatos y muertes de motivación política; participábamos en reuniones de coordinación de grupos y asambleas para decidir por dónde tirar; fuimos acuñando teorías como la separación de conflictos o el acercamiento de los presos de ETA; impulsamos la educación para la paz; hicimos campañas de condena y prevención de la tortura; lanzamos la campaña “Si la democracia mata la democracia muere” y denunciamos la extorsión, los secuestros y la violencia de persecución. Y uno de los encuentros más enriquecedores que tuvimos en el camino fue con las víctimas; escuchar sus testimonios nos transformó para siempre.
Y en estos tiempos de sectarismo y desencuentro quiero destacar que el camino de Gesto lo hicimos personas muy diversas y eso fue motivo de orgullo. También quiero poner en valor que fuimos una plataforma intergeneracional. Además nos movíamos en un ámbito prepartidista y cada vez que lanzábamos un mensaje o un manifiesto hacíamos el esfuerzo de que fuera asumible por todos y todas. De hecho, nuestro acto más característico , el gesto, transcurría en silencio porque era lo más aglutinador.
Gracias a Gesto yo comencé a despojarme de mis prejuicios y renuncié a beber el cóctel identitario que supuestamente había que tomar para cumplir con los estándares aceptables, y empecé a tomar chupitos de identidad que me hacían coincidir con gente diversa en distintos ámbitos. Se podía colaborar en causas como el feminismo, la lucha obrera o la defensa del euskera siendo o no abertzale, y todo era legítimo; si se era ecologista qué menos que defender la vida humana, y era factible organizar unas fiestas sin acatar el “borroka ere bai!”. Además me encontré con antimilitaristas pacifistas y comprobé que personas abertzales, no abertzales, de izquierdas y de derechas podían sujetar la misma pancarta. Sobre todo comprendí que quien no pensaba como yo no era mi enemigo, y que pensar distinto era natural. Asumí que respetarnos era imprescindible y que la violencia era radicalmente prescindible.
Hicimos camino al andar. Yo te invito a ti, joven, aita, ama, profesora o militante de cualquier causa a que dejes de lado tus prejuicios y te animes a acercarte a lo que fue Gesto. No importa que no participaras en diseñar aquel camino, te aseguro que merece la pena recorrerlo y te llevará a un buen destino: la deslegitimación de la violencia. La guía la encontrarás en www.gesto.org y si quieres, podemos ayudarte a interpretarla. Sería una pena que por la falta de uso este camino desapareciera entre las zarzas y maleza.