Etiquetas
Antonio Duplá
Catedrático de Historia Antigua de la UPV/EHIU
Miembro de Gogoan. Por una memoria digna.
(Una versión reducida de este artículo se publicó el 6 de marzo de 2016 en EL CORREO, edición Álava.)
El palacio Europa acogió el pasado 21 de febrero el 26 In memoriam de la Fundación Fernando Buesa y, el 28 de febrero, el acto conmemorativo del 50 aniversario del 3 de Marzo organizado por la Asociación Martxoak 3.
Nosotros asistimos a ambos. El 28 de febrero la sensación que tuvimos, al pensar en el anterior acto del 21, fue que nos encontrábamos ante dos Vitorias distintas y, lamentablemente, estancas.
Posiblemente formábamos parte de la escasa media docena de personas que habíamos estado en el Europa en las dos ocasiones, entre ellas el director de Gogora. Instituto de la Memoria, la Convivencia y los Derechos Humanos y la Consejera de Justicia y Asuntos Sociales del Gobierno Vasco, cuya presencia en el acto del 3M les honra.
En principio, los dos actos compartían presupuestos básicos: la defensa de los derechos humanos, el protagonismo de víctimas inocentes, el daño injusto causado, la reivindicación de verdad, justicia y reparación.
Fueron dos actos igualmente emocionantes. El del 3M por las imágenes de aquellos días proyectadas, la reproducción de las palabras de los policías mientras se desarrollaba la masacre (término utilizado por un policía en la grabación en el interior y el entorno de la iglesia de San Francisco), la intervención de Jesús Fernández Naves en el funeral, brillantemente recreada por Eloy Beato, o la presencia de los familiares en el estrado en un momento dado. Emoción igualmente presente en el In memoriam. Por una parte, en la conversación entre Sara Buesa y Alejandro Ruiz-Huerta, abogado superviviente de la matanza de Atocha en 1977; por otra, en la intervención de Sara Buesa, muy en particular admitiendo, con admirable serenidad, que los asesinos de su padre saldrían pronto en libertad plena y que, en todo caso, no exigía, pero sí echaba en falta un reconocimiento sincero del daño causado.
¿Por qué no son posibles conmemoraciones que apelen y atraigan al conjunto de la ciudadanía de Vitoria-Gasteiz? ¿Por qué los asistentes al In memoriam parecen no sentir como suyo el aniversario del 3 de Marzo, cuando presumiblemente muchos de ellos y ellas vivieron en primera persona aquella tragedia, y se reconocerán en aquellas imágenes y sensaciones y en el dolor provocado, primero, por la intransigencia patronal y, después, por la actuación policial? ¿Por qué los asistentes al acto del 28 de febrero no consideran necesario denunciar la sinrazón del asesinato de Fernando Buesa y de tantos otros, y manifestar públicamente lo inaceptable que es, entonces, ahora y siempre, matar a quien piensa de manera diferente?
Los de una parte dirán que al mundo PSOE o constitucionalista — o “español” para los más fundamentalistas— en el que supuestamente se integraría la Fundación Fernando Buesa, habría que exigirle una mayor vehemencia en la denuncia de la tortura y el GAL, y en el reconocimiento de la responsabilidad del Estado en los sucesos del 3M. Por su parte, quienes honran la memoria de Buesa se sentirán ajenos a unos aniversarios en los que a la originaria lucha obrera se han añadido unos componentes de lucha de liberación nacional, ajenos a la conflictividad socioeconómica de 1976 y que excluyen hoy a una parte de la ciudadanía.
Reconozco que ante esta situación no soy neutral. Por una parte, admitiendo que todavía falta mucho por reconocer, valoro diversas iniciativas de Gogora y también algunas declaraciones de dirigentes del PSE sobre los GAL. Por otra, me siento incómodo ante varios aspectos del acto del 3M. Primero la intervención, importante por otro lado, del representante de familiares de víctimas del Bloody Sunday, el “Domingo sangriento”, de Derry, aludiendo explícitamente a la liberación nacional de Euskal Herria y mostrando su solidaridad con una selección de pueblos oprimidos, véase Palestina, Sudán, Venezuela o Cuba, pero por supuesto no Ucrania; por otra, una hipertrofia de euskera no traducido, algo ajeno no ya al contexto original de 1976, sino a la propia audiencia del acto, cuya media de edad no se correspondía con esa familiaridad con el euskera supuestamente más acorde a los organizadores del acto; finalmente, la displicencia del discurso oficial del acto para con los representantes y las instituciones públicas que, no olvidemos, van a colaborar, en particular el gobierno central, con una muy importante ayuda económica para la puesta en marcha del Memorial de las víctimas del 3 de Marzo.
Frente al legítimo orgullo de las generaciones más jóvenes por haber mantenido la llama del recuerdo de aquella tragedia, cabría recordarles que aquella lucha obrera de 1976, enormemente significativa en aquel contexto, puede ser objeto de reconocimiento, pero la realidad hoy es muy otra. Y la exigencia de verdad, justicia y reparación sobre aquellos sucesos no puede obviar esas mismas exigencias para todas las violaciones de los derechos humanos habidas desde entonces en nuestro país, en concreto las debidas a la acción de ETA. Si no se hace así, la mirada resulta unilateral y de parte. Si queremos que el 3 de Marzo vuelva a sentirse como algo suyo por toda la ciudadanía de Vitoria-Gasteiz, los derechos humanos, las víctimas y el daño injustamente causado han de ser el mensaje central por encima de otras consideraciones políticas.